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El último emperador
En esta película se pueden ver las costumbres de algunos de los pueblos orientales y la educación que recibían los descendientes de la nobleza.
Jaime Fernández
Cuando el emperador, que sólo era un niño de unos nueve años, hacía algo mal, le pegaban a uno de sus siervos porque la maldad no podía quedar sin castigo y al mismo tiempo no podían disciplinar al emperador. Si el niño hacía una travesura o rompía algo, enseguida castigaban a un siervo.
A algunos les puede parecer una norma pedagógica muy adecuada, pero el caso es que los siervos son los que se llevaban todo los castigos, y el emperador ninguno.
Así es muy fácil vivir: Tú cometes las fechorías y otro se lleva los “palos”.
¿Sabes? Hubo uno que hizo todo lo contrario.
El era el Emperador con mayúsculas, y aceptó voluntariamente el castigo que todos sus súbditos merecían.
A pesar de no haber hecho nunca nada malo llevó consigo el peso de toda la maldad del mundo. Quiso sufrir el castigo por las “travesuras” de todos, niños y mayores, y llevó sobre sí mismo las enfermedades y el dolor de todos.
Creo que ya sabes a quién me refiero, pero por si acaso, voy a darte otra “pista”
Mel Gibson, fue el director de la famosa película “La pasión de Cristo”. A pesar de ser uno de los actores más famosos de los últimos años, no quiso aparecer en su propia película, salvo en un solo detalle: El primer plano de su mano colocando el primer clavo en la mano de Jesús cuando va a ser clavado a la cruz.
Mel quería enseñar a todos que él mismo fue uno de los responsables de la muerte de Cristo. “El se sacrificó por todos nosotros” dijo el director en la presentación de su película, “Y yo fui uno de los culpables de su muerte”
Sólo uno soportó el castigo de nuestra paz, y lo hizo voluntariamente. Fue el Señor Jesús, el Rey de reyes y Emperador de emperadores. El Creador de todo. El Mesías, el Salvador.
El conoce exactamente lo que sentimos y lo que hay en nuestro corazón, porque aceptó ese dolor voluntariamente. Cada uno de nosotros alzamos nuestra mano contra El. Cada uno de nosotros le clavamos en la cruz.
Muchas veces sufrimos, y no encontramos la razón. En los momentos más difíciles, no sirve ningún consuelo, porque no existe ninguna persona que pueda permanecer a nuestro lado.
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