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El Precio del Servicio: Primera Parte

“Para la obra del ministerio”, una frase tomada de Efesios 4:12

Pr. Rubén Chacón

El lema de esta Conferencia es: “Para la obra del ministerio”, una frase tomada de Efesios 4:12, que dice relación, no con el servicio que hacen los apóstoles, o los profetas, o los evangelistas, o los pastores y maestros, sino con el servicio que realizan todos los santos.

Esta Conferencia tenía por propósito hablar de cómo los santos se deben poner de pie para servir al Señor. Pero, el Señor, más que hablarnos acerca de en qué consiste la obra del ministerio, nos ha estado hablando que, para hacer la obra del ministerio, cada uno de nosotros debe negarse a sí mismo, tomar la cruz, y servir a los demás.
La obra del ministerio tiene un aspecto hacia adentro, interno, y otro hacia afuera, o externo.

Servimos a los hermanos, y también debemos servir a los que todavía no son hermanos. Con los hermanos, debemos ser edificados como el cuerpo de Cristo; pero hacia fuera, debemos llevar el testimonio del Señor a los que todavía no lo conocen.
Y para ese efecto, he estado compartiendo en este último tiempo, a partir del Evangelio de Lucas, de cómo podemos llevar el evangelio a los perdidos, a los que todavía no conocen al Señor. Lucas revela que Jesucristo trajo la salvación a todos los hombres, a judíos y a gentiles. Y no sólo trajo la salvación a todos los hombres, sino a toda clase de hombres. El evangelio de Lucas muestra al Señor relacionándose con la gente más discriminada de aquella época: los publicanos, los samaritanos, las prostitutas, los gentiles, los pobres, los enfermos, los leprosos.
El evangelio de Lucas resalta que, puesto que Cristo trae la salvación a todos los hombres, entonces, debe llevar el evangelio especialmente a estos marginados, a estos discriminados por la sociedad de aquella época. Jesús no los rechazó, no les tuvo asco; sino que fue a sus casas, comió con ellos, tomó vino con ellos, fue amigo de ellos, alojó en sus casas, y de esa manera ganó el corazón de ellos.

Como muy bien nos compartía el hermano Dana, lo que vemos en Jesús cuando él se manifiesta aquí en la tierra, es el corazón de Dios manifestado. No es tanto su santidad, su justicia, su voluntad, como esta vez su corazón, cómo buscó al pecador para salvarlo. ¡Bendito sea el Señor! Me he gozado al escuchar algunos testimonios, de cómo el Señor ha estado moviendo a varios de ustedes a abrir el corazón, a abrir el hogar, para ganar a sus familiares, a sus amigos, a sus vecinos que todavía no conocen al Señor.
Amados hermanos, quizás hay algún padre aquí que ha visto a su hijo fracasar, o tener alguna caída. No lo condene más, no lo juzgue más. Abra su corazón, su casa; apóyelo, acójalo, y gáneselo con el amor de Cristo. Que el Señor nos permita crecer en esto.

El precio que hay que pagar
Y, para aquellos que están siendo motivados a entrar en esta actitud llena del amor de Cristo por los pecadores, en una especie de continuación de esa palabra que he estado compartiendo en otros momentos, voy a invitarles a que leamos en el evangelio de Lucas, en el capítulo 9, cuál es el precio que tenemos que estar dispuestos a pagar si queremos, al igual que Jesús, llevar el evangelio a los que no lo conocen.

Después que Pedro responde a la pregunta de Jesús: “¿Y vosotros, quién decís que soy? Entonces respondiendo Pedro, dijo: El Cristo de Dios”, es en este momento –después de tres años de estar con sus discípulos, donde ellos lo siguieron y lo vieron sanar, salvar, llevar el evangelio a los perdidos – que el Señor, tomando un examen a sus discípulos, se da cuenta de que, por fin, el Padre ha abierto los ojos de los discípulos para que vean quién es él. Y Pedro, por revelación del Padre, puede decir quién es verdaderamente Jesús.

Jesús no es simplemente un profeta, no es simplemente un curandero, no es un predicador más. Jesús es el Cristo de Dios, Jesús es el ungido de Dios. Jesús es el elegido del Padre, que ha traído la salvación a todos los hombres. Y este es el momento cuando el Señor Jesucristo discierne que a sus discípulos ya se les ha revelado quién es él. Y entonces, a partir del versículo 21, les revela que él debe morir, que el Hijo del Hombre debe encaminarse a Jerusalén hacia la muerte.

“Pero él les mandó que a nadie dijesen esto, encargándoselo rigurosamente, y diciendo: es necesario que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas, y sea desechado por los ancianos, por los principales sacerdotes y por los escribas, y que sea muerto, y resucite al tercer día” (Lucas 9:21-22).

Jesús, en la última etapa de su vida, que comprende los últimos seis meses de su vida, se encaminó hacia Jerusalén en un último viaje, en un camino de verdadera peregrinación, el camino de la cruz, para ir a Jerusalén a dar su vida por la salvación de los hombres. ¡Bendito sea el Señor! Él, entonces, les advierte, a partir de este momento, que él va a Jerusalén a morir. Y en esta revelación que él hace a sus discípulos, les transmite que esto no es algo que sólo le tiene que ocurrir a él: es algo que les tiene que ocurrir a todos los que le siguen.
Versículo 23: “Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame”. Tres cosas: negarse a sí mismo, tomar la cruz cada día, y seguir al Señor.

El Señor Jesucristo está diciéndonos que si queremos expresar al igual que él esta actitud hacia los perdidos, hacia los pecadores, los que quieran involucrarse en esta hermosa tarea, los que quieran tomar el camino de Cristo en este aspecto, van a tener que estar dispuestos a negarse a sí mismos, tomar la cruz cada día, y seguir al Señor en esta preciosa tarea de la obra del ministerio.
Se nos ha compartido de cómo Moisés le pidió a Dios que le mostrara su camino. ¿Y cuál es el camino de Dios? El camino de Dios es su Hijo Jesucristo. Él dijo: “Yo soy el camino”. Y es en este momento de la vida de Cristo donde quedó revelado plenamente este camino. El camino de Jesús es el camino de la muerte.

El camino de Dios, que es Cristo, es el camino de la negación, donde tiene que llegar el momento en que entendamos que nuestra vida no es para nosotros, que la vida que tenemos es para ponerla al servicio de los demás.
Este es un principio totalmente anti-humanista. El humanismo hoy día nos invita a pensar en nosotros mismos, a gradarnos a nosotros mismos, a vivir para nosotros. Pero el evangelio de Cristo, el camino de Dios que es Cristo, nos invita a un camino en dirección completamente opuesta. El camino del Señor es que tú no debes vivir para ti mismo, que no debes vivir para agradarte a ti mismo; que tú debes poner tu vida, al igual que Jesús, al servicio y a favor de los demás; que estamos llamados a dar la vida, como la dio Jesús.

Y aquí, Jesús está estableciendo este principio. ‘Yo voy a la cruz, yo voy primero; yo doy el ejemplo, yo soy el primero que toma este camino. Yo represento el corazón del Padre, represento el camino del Padre’. Y el camino del Padre es su Hijo Jesucristo, quien se dispone a dar la vida por los demás.

¿Cuántos quisieran ver al resto de sus familiares, a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, salvados? ¿Cuántos quisieran ir a otras naciones para que el Señor les use como motivo de salvación de otros? Entonces, el camino es Cristo; el camino es el camino de la cruz; el camino es el camino de la muerte.

Me gusta mucho como lo dice Juan en el texto paralelo, en el capítulo 12. Jesús sabe que la hora de ir a la cruz ha llegado, y dice en el versículo 24: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto”.
El camino de la cruz es el camino a la cosecha. El camino de la cruz no es sólo el camino a la resurrección, no es sólo el camino a la vida, no es sólo el camino a la bendición. Es el camino a la cosecha. No habrá cosecha si no hay cruz; no habrá cosecha si no hay muerte. Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, entonces no podrá llevar fruto.
 

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