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El Precio del Servicio: Parte II


No sólo no debemos vivir para nosotros, tampoco debamos morir para nosotros

Pr. Rubén Chacón

Una razón poderosa. Volvamos a Lucas capítulo 9. Me impresiona mucho que el Señor dé una razón poderosa de por qué los que lo seguimos debemos negarnos a nosotros mismos, debemos tomar la cruz cada día y seguirle. El versículo 24 comienza con un ‘porque’, y ese ‘porque’ es la razón por la cual él está diciendo: “Si alguno quiere venir en pos de mí...”.

“Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará”. ¿Cuántos logran tomar la impresión de que aquí el Señor está diciendo algo poderoso, y es una razón poderosa por la cual el Señor ha pedido que tomemos su cruz para seguirle? No es simplemente un a exigencia más.

Hay una razón de fondo, tremenda, que yo creo que el Señor quisiera que ahora esto quedara zanjado para nosotros definitivamente. El Señor está diciendo que tienes que negarte a ti mismo, tienes que tomar tu cruz y seguirlo; porque el que quiera salvar su vida, finalmente la pierde. Este es un asunto serio. Y les está hablando a sus discípulos. Hermano, ¿quieres perder tu vida? ¿Quisieras, al final de tus días, haber arruinado y haber perdido tu vida, aunque hayas logrado muchas cosas en esta? No, ninguno de nosotros quisiera eso.

Y el Señor está diciendo que el que viva salvando su vida, el que viva pretendiendo permanentemente salvar su vida, cuidar su vida, resguardarla, sepa que la va a perder. Que la forma de salvar la vida no es intentando salvarla. La única forma de salvar la vida es perdiéndola por causa de Cristo. ¡Qué extraordinario; qué llamado más serio y más profundo!

Los que estamos aquí somos hijos de Dios por la gracia del Señor; no obstante, la pregunta es: ¿Qué estamos haciendo con nuestra vida? ¿Para quién estamos viviendo? ¿Qué es querer salvar la vida, y que tiene como resultado que uno la pierda cuando vive para salvarla? Es, en palabras muy sencillas que están en otros textos de la Escritura, cuando uno vive para sí.

Dice Pablo: “Porque el amor de Cristo nos constriñe, pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí...”, esto es, vivir queriendo salvar su vida: vivir para ti, vivir para tus proyectos, vivir para tus deseos.

¡Qué tremendo es esto! Nosotros somos hijos de Dios, que estamos en la casa del Padre, pero la pregunta que el Señor nos quiere hacer hoy es: ¿Para quién estás viviendo? ¿Estás viviendo para ti, o estás viviendo para aquel que murió y resucitó por ti? ¿Estás gastando tu vida en tus cosas, en tus planes? ¿O estás invirtiendo tu vida en la causa del Señor, en el servicio al Señor? Si vamos a hablar de la obra del ministerio, el servicio que todos los santos, desde el mayor hasta el menor, realizan en la casa de Dios, si vamos a hablar de cómo poner en pie a los santos para que no sólo algunos estén sirviendo al Señor, sino todos, vamos a tener que tomar este camino: el camino de la cruz, el camino de Cristo. Vas a tener que negarte a ti mismo, vas a tener que tomar la cruz cada día, y vas a tener que seguir al Señor.

Pablo, escribiendo a los romanos, les dice: “Porque ninguno de nosotros vive para sí, y ninguno muere para sí” (Rom. 14:7). No sólo no debemos vivir para nosotros, sino, cuando tengamos que morir, tampoco debamos morir para nosotros. “Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos” (v. 8).
Así que, si vamos a entrar por el camino del Señor, no sólo por los hechos del Señor, no sólo para seguir gustando de las obras del Señor, sino si vamos a entrar por su camino para que lo conozcamos, para que seamos semejantes a él en su muerte, como era la aspiración de Pablo, entonces debemos obedecer esta palabra del Señor sabiendo que el que vive para salvar su vida finalmente la va a perder. La única forma de salvarla es perderla por la causa del Señor, y entonces éste la salvará. ¡Alabado sea su nombre! Y el Señor pone en el versículo 25 una figura muy extrema y, por lo tanto, muy clara de entender: “Pues ¿qué aprovecha al hombre, si gana todo el mundo y se destruye o se pierde a sí mismo?”. Mire, aquí el Señor pone un caso hipotético donde alguien que vivió para salvar su vida, le fue tan bien en sus planes, en sus proyectos, que fue capaz de ganar todo el mundo.
¿Se imagina que llegara el día en que un hombre es dueño de todo el mundo? Qué hombre más exitoso, qué hombre más rico, acaudalado, adinerado, lleno de fama; lo consiguió todo en la vida. Y Jesús dice, si llegase a existir esa posibilidad que un hombre ganara todo el mundo, ¿de qué le aprovecharía, si finalmente se destruye y se pierde a sí mismo? ¿Por qué? Porque Jesús dijo: “...el que quiera salvar su vida, la perderá”.

¿Nos levantaremos en el nombre del Señor, para seguir al Señor? ¿Nos levantaremos para no sólo admirar cómo él va a la cruz y muere, sino también para nosotros morir con él? ¿Para invertir el tiempo que nos queda a partir de ahora, no para vivirlo para nosotros, sino conforme a la voluntad de Dios? ¿Estamos dispuestos?
 

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