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De corazón... o nada (1/3)
Obedecemos, pero seguimos pensando en nuestra opinión. Pero al actuar así, lo único que logramos es alejarnos cada vez mas de nuestro Dios.
Herman Gajardo Pastén
“Ahora, pues, oh sacerdotes, para vosotros es este mandamiento. Si no oyereis, y si no decidís de corazón dar gloria a mi nombre, ha dicho Jehová de los ejércitos, enviaré maldición sobre vosotros, y maldeciré vuestras bendiciones, y aún las he maldecido, porque no os habéis decidido de corazón”. Malaquías 2:1 y 2.
Cuando vemos noticias que nos impactan por su alto contenido antibíblico, como por ejemplo, los desfiles de homosexuales pidiendo respuesta a sus sucios requerimientos, se nos eriza el pelo y movemos la cabeza en señal de desaprobación y total repudio.
Cuando escuchamos a quienes aducen que el cielo y el infierno solo son cosas etéreas y no reales, el corazón nos palpita con tal desazón que nos dan ganas de rasgar nuestra ropa y gritarle a los cuatro vientos que no es así.
Pero más que nada, pensamos y conversamos entre nosotros -los que conocemos a Dios, los que sabemos qué se debe y qué no se debe hacer para agradar a Dios- que, lo que vemos y lo que escuchamos es un abierto atentado a los designios de Nuestro Creador, un abierto rechazo a quien solo quiere mostrarnos su amor, un abierto repudio a quien ideó, antes de la fundación del mundo, qué y cómo debía ser su maravillosa creación de la raza humana.
De tiempos inmemoriales el hombre solo ha buscado apartarse de Dios y sus preceptos, de tiempos inmemoriales Dios ha intentado acercarse hasta nosotros.
Después del fracaso de Adán, un hombre llamado Noé halló gracia en los ojos de Dios. Sabemos lo que pasó, pero su descendencia no pudo mantener su relación con el Señor.
Abraham fue el próximo en la mira de Dios y hasta se hizo su amigo. Pero su descendencia en vez de prosperar, solo se limitó a cumplir lo ordenado, pero su corazón se alejó del Creador.
Dios en Jesús se hizo hombre para estar cara a cara con su pueblo, pero la ceguera espiritual no pudo distinguir lo inmenso de su amor y en una cruenta cruz clavó su dignidad.
Sabemos que la muerte de Jesús, aunque cruel, por nosotros hubo de ser así, y jamás Él titubeó en mostrarnos su amor aún siendo viles pecadores.
Así está el mundo, pero ¿y qué pasa con nosotros?.
Hoy, en los inicios del tercer milenio, quienes de una u otra forma nos encontramos en lugares de privilegio, al tener en nuestras manos, al depender de nosotros, que su obra continúe, la sombra de su santidad ronda a nuestro alrededor, como buscando el acceso a nuestro corazón y darnos desde adentro la integridad necesaria para cumplir con su plan.
Si bien es cierto, su amor no ha menguado por el pecador que aún no le conoce, Dios busca entre su pueblo, entre quienes hemos adquirido un compromiso con Él, hombres-sacerdotes-valientes-idóneos-íntegros para depositar su Espíritu y fructificar en nosotros con el fin de llegar a los perdidos.
No hay mejor forma de predicar que hacerlo con el ejemplo.
Lo triste es que a veces, lo que hemos logrado, lo bendecido que hemos sido, se transforma en soberbia.
Lo aprendido pasa a ser más importante que lo por aprender.
Cumplimos con todo lo que se nos demanda, somos fieles en nuestra asistencia, dejamos de lado nuestros compromisos personales por lealtad a la obra, nos sometemos a preceptos, pero no los compartimos.
Sabemos y decimos que el obedecer es más importante.
Pero no de corazón. No lo hacemos de corazón.
Lo hacemos solo por cumplir. Para que nadie diga nada de nosotros. Para que nadie nos apunte como un rebelde.
Obedecemos, pero seguimos pensando en nuestra opinión.
Pero al actuar así, lo único que logramos es alejarnos cada vez mas de nuestro Dios.
Volvemos a ser como antaño, volvemos a ser como aquellos que “solo de labios le honraban, pero su corazón estaba lejos de Él ”, volvemos a ser vistos por Dios como un pueblo rebelde, tozudo, desobediente, “como siervos, pero inútiles”. Siervos indignos de confianza.
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